05 abril, 2008

...


...había tenido tantos roces. Ella perfectamente sabía que yo era su amante. Más nunca lo mencionó así abiertamente, sólo me miraba soberbia, con la frente en alto, presumiendo siempre el enorme anillo bodas que siempre traía. Él nunca cargaba uno. La condición de su dedo anular, le molestaba. A veces la gente se le quedaba con la mirada fija en su muñón y el sólo hacía una ademán rápido para esconder la mano con algo de enojo. Pero Ariana siempre se encargaba de mostrarlo por los dos, y de hacer notar su presencia como su actual esposa, lo traía para todos lados, cual prendedor nuevo. Por eso me buscó a mí.
Yo lo utilizaba... no me gustaba que me vieran con él. Prefería no tener problemas, no soy de esas chicas que andan gastándoselas vulgarmente dejándose ver como unas cualquieras. Nunca me ha importado qué digan de mí, pero me gusta la discreción, por que es más fácil.

Me gustaba estar con él en mi departamento, aquel que yo tenía cuando lo conocí, en el centro de la ciudad, polvoriento y ruidoso.. Sin intimar mucho en nuestro pasado, hablando siempre de cosas sin relevancia. De repente me sorprendía con una cena formal, botellas de ginebra, o flores, y yo, no sabía si abrazarlo con fuerzas, o decir con voz linda "gracias" y huir del incómodo momento con cualquier estúpido pretexto...

Un cigarro en el balcón cuando dejaba de llover, nos unía más que otra cosa. Y el sexo también. Era rápido y bueno. Como algo mecánico, pero no estaba mal. Había tenido mejores, pero él era diferente. Él se quedaba callado después y no hacía preguntas, ni comentarios tontos. Sólo se vestía, a veces se bañaba y prendía el televisor de la sala. Y a veces se quedaba dormido... yo a provechaba para ir al super o a cualquier cosa. Nunca hacíamos planes. Yo odio esas cosas. Prefiero ir al día en todo. Uno nunca sabe cuando no vas a despertar.

Así de efímero fué lo de nosotros. Con los años conocí a sus hijos, pero jamás puse importancia en eso, ni en su vida cotidiana, ni en sus rutinas. Preferí siempre hablar de detalles como el tráfico, el suavizante de telas, o cómo le gustaba desayunar. Cuando dejamos de vernos, no sentí nada. El de repente me llamaba, o me escribía. Yo era cortante y prefería hacer otras cosas que hablar con él por telefono. Odiaba sus problemas con su esposa y sus hijos, eso de escucharlo atentamente no era lo mío. Él lo notó, no era nada tonto. Y dejo de llamarme. Hasta el día en que murió...

Le cedo la estafeta a Delmiss...